El pequeño Sergio camina por la calle con un par de billetes en la bolsa y una ansiedad que casi se ha convertido en su sombra. Lleva ya horas deambulando en los alrededores del centro de la ciudad y aún no ha podido encontrar a la “dama” que se preste a satisfacer la necesidad que desde hace tiempo ronda su pensamiento.
Su figura se asemeja a la de un hombre lobo posmoderno; alto, fornido pero con cierto grado de obesidad y una barba que en momentos hace creer a quien lo ve que debajo de esa abundante maraña de madurez no existe nada más.
Con las manos dentro de las bolsas de la vieja gabardina que heredo de su padre, muerto hace apenas unas semanas, palpa y de vez en cuando aprieta el par de billetes de baja denominación que obtuvo de su más reciente hurto.
No ha habido suerte. Recibe rechazo tras rechazo y las prostitutas de la zona, conocedoras de las “raras” costumbres del pequeño Sergio, se rehúsan a perder 1 hora con aquel remedo de humanidad.
Las manecillas del reloj han dado más vueltas de las que su paciencia puede soportar así que, decepcionado, se dirige hacia la estación de tren más próxima para dirigirse a la pocilga mugrienta y miserable que hasta hace algunos años fue un hogar.
Camino a la estación observa a una joven que no había visto antes por ese rumbo, fácilmente se puede notar que no rebasa los 20 años, -es nueva, su mirada lo dice, piensa para sí mismo el pequeño Sergio. Sin esperar mucho más de lo que ese día ha recibido, Sergio se acerca a ella y le pregunta la tarifa, la jovencita, con las palabras bañadas en miedo contesta. La corpulencia del pequeño Sergio le impone pero ¿qué más puede hacer?, un cliente es un cliente. Sergio ofrece un poco menos de lo que ella pide pero de igual manera la joven acepta.
Se van juntos, ella con cierta torpeza culpa de su novatez, lo toma del brazo. Caminan hasta un hotel, que si no fuera porque en la puerta tiene un letrero que dice “Habitaciones con TV/Color, aire acondicionado, agua caliente”, cualquier persona pensaría inmediatamente que está abandonado y a punto de ser demolido.
Después de realizar el depósito correspondiente y recibir las llaves del cuarto se dirigen hacia la habitación. Ella suda frío, por su espalda recorren intermitentes varias descargas de nerviosismo, miedo, ansiedad, tristeza. No le queda más que resignarse al destino que desde que nació estaba preparado para ella. Sergio abre la habitación, con un gesto de caballerosidad la deja pasar, -primero las damas, balbucea.
-¿Cómo te llamas?, le pregunta Sergio a su acompañante, -Sarah, contesta ella.
Después de una pequeña plática intrascendente Sarah se desnuda y recuesta sobre el repugnante colchón. Sergio, sin quitarse la ropa se recuesta al lado de ella y toma una posición fetal de espaldas a la joven, ella, desconcertada, acerca su cuerpo al de él y Sergio, como adivinando el lugar donde el brazo de Sarah se encuentra, lo toma y se rodea a si mismo mientras que con una voz apenas perceptible musita: -No hagas nada, sólo abrázame.