Amor citadino…
Yo los miraba toquetearse casi indiscretamente.
Reían a carcajadas como si fueran solos en el vagón. A mí me daba risa y un poquito de
envidia por no ir acompañada.
No podía dejar de mirarlos.
Fantaseaba con mi propia historia de amor citadino en la que yo no era
yo y mi marido no era mi marido. Éramos dos amantes más enamorados,
más jóvenes y atractivos.
Pero, como siempre que me invento historias que no fueron, no son y nunca serán mías,
de pronto me sentí patética y mi casa deshecha y mis hijos inquietos y mi marido aburrido
y los trastes sucios y las camas destendidas y el cochambre de la estufa…
todo se me vino de golpe y me aturdió tanto que sentí que aquellos dos sólo se amaban
y se divertían para hacerme sentir miserable.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Ya están revisados todos estos textos.
ResponderEliminarGracias y saludos