¿alguien más?
– ¿y… dónde está?
– Verás, ayer me detuve en una esquina a esperar el camión.
Frente a mi, en el cielo, las nubes brillaban furiosas, rabiosamente anaranjadas.
Eran las seis y media de la tarde y me pareció que el cielo estaba en llamas,
como queriendo consumirlo todo en aquel incendio vespertino. Emocionado quise brillar,
arder, ser nube incandescente; pero lo único que brilló fue la punta de mi cigarro.
Pasaron los minutos y las nubes se apagaron poco a poco decepcionadas,
se oscurecieron hasta disolverse. Supuse que había dejado pasar al menos tres camiones,
encendí un cigarro más y caminé pensando en la pobreza de mi espíritu.
– ¿Alguien más, no?
– Sí, carajo, alguien más.
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